"La vida esta en todas y cada una de las cosas. Solo hay que abrir la puerta y dejar que salga." 

                                                                                                                                María Parrato

¿Quién es, y sobre todo, quién fue Maria Parrato?

Para contestar esta pregunta hay que bucear entre leyendas, rumores y tradiciones orales.

Todos parecen coincidir en que su nacimiento podría situarse a finales del siglo XIX o principios del XX pero no parece que se pongan de acuerdo en el lugar ni en el origen.

Mucha gente recuerda una titiritera que antes de la Guerra contó con el favor y la admiración de los intelectuales de la época. Una mujer que lograba animar lo inanimado. Dar vida al objeto más sencillo o más común con la única ayuda de sus manos.

Es curioso, no sabemos nada objetivamente cierto. Pudo haber existido o ser solo fruto de nuestra imaginación.

No nos importa porque en el caso de no haber existido merecería la pena haberla inventado.

Sus manos dejaron huella en todos aquellos que la conocieron. Fueron durante mucho tiempo su herramienta de trabajo y su vida. 

Con ellas, escribió, talló, pintó, cinceló, manipuló, interpretó... y con esas mismas manos, mágicas y fascinantes, destruyó toda su obra al conocer la muerte de Federico García Lorca. 

Desde ese mismo día renuncio a su arte y nunca más volvió a coger un títere ni dejó que sus manos volviesen a contar historias. 

Se fue de España y no regreso hasta un año antes de su muerte, ocurrida en 1997. Solo tuvimos un año para conocerla, un año en el que renuncio a su silencio por amor al teatro y nos regaló sus recuerdos, sus sueños de artista, su memoria como titiritera.



EL ENCUENTRO

¿Casualidad?, ¿destino?... ¿qué importa?

- Alma. No puede crecer sin alma.

Una anciana se había acercado hasta el escenario mientras María José mostraba el títere protagonista de la función a los niños, miró a ambos y como en un susurro dijo esas palabras. Se hizo el silencio y la mujer salió lentamente del teatro. Una niña preguntó: ¿Y por qué no le has dibujado un alma?

Le dimos mucha importancia a la anécdota ocurrida, porque aunque técnicamente el personaje era perfecto, la señora había dado en el clavo, al títere le faltaba el alma que le ayudase a crecer y a ser.

Pasaron las semanas y trabajamos mucho en esa línea, al cabo de aproximadamente un mes distinguí a la mujer entre el público. Cuando terminó la función me abalancé hacia ella, al verme me dijo: - Dile que ahora ya me quedo tranquila. Y a pesar de mis intentos por retenerla o mantener una mínima conversación, me dejó allí de pie con el único consuelo de su sonrisa, sabia y dulce, y sus gratificantes palabras.

Pregunté a la gente del teatro y en las tiendas cercanas. Nadie sabía nada de ella ni recordaban una anciana que viniese a ver títeres. Incluso María José empezó a pensar que me había imaginado ese segundo encuentro. 

Pasaron los días y a mi no se me iba de la cabeza, hasta que un día que andábamos trabajando en el taller llamaron a la puerta. Era ella, elegante y misteriosa, con los ojos vidriosos del tiempo.

- ¿Puedo verle?

Cuando entramos los dos del brazo en el taller María José no daba crédito, pero enseguida, por medio de las miradas, se reconocieron, como si hablasen un mismo idioma y compartiesen una misma meta.

- ¿me lo dejarías coger?.

Fue la primera vez que vimos sus manos, eran fuertes a la vez que delicadas, pero lo que impresionaba era su energía, su manera de hablar con cada movimiento, su forma de comunicar. Agarro suavemente el títere y éste cobró vida desde el instante en que lo toco. Nosotros ya no existíamos solo ellos dos.

- Perdóname ha pasado mucho tiempo...

Él se movía de un lado a otro emocionado, la tocaba, la miraba, rebosaba vitalidad. Y contestaba, aunque no emitía sonido alguno: - ¿Perdonarte? Te estaba esperando desde que nací y ahora me siento el ser más libre y feliz del mundo.

- No seas zalamero. Tu ya tienes madre.

- Ella tiene muchos hijos pero tu ninguno.

- Para una madre cada hijo es único y tu lo sabes. 

Él se escondió en su regazo. Y ella le obligo a salir.

- Mírame. 

Y él la miró avergonzado.

- Los celos no son buenos.

Y mientras él la acariciaba, ella muy delicadamente lo acostó y siguió con él hasta que se quedo dormido.

(continuará...)